Semana Santa de Cartagena
  ACTITUD Y APTITUD
 
 

Semana Santa de Cartagena, fotografía: Diego Barahona

Dado que el orden es el elemento que hacen singulares los desfiles pasionales en Cartagena, estos dos conceptos son fundamentales a la hora de afrontar la responsabilidad de formar parte de un tercio en dichos desfiles. Son dos conceptos que no van desligados el uno del otro, sino estrechamente relacionados y se puede afirmar que ambos se complementan. La aptitud es el grado de conocimiento técnico y su capacidad de aplicación en una procesión desde un puesto de penitente, salvando el natural estado de nervios que todos tenemos bajo un capuz. Y digo todos, porque los nervios no son exclusivos de los novatos. Los más veteranos siguen padeciendo de ese mal por muchos años que lleven en el cotarro, si bien la experiencia hace que sepan afrontarlo y superarlo con más serenidad. El veterano y el novato pueden fallar -y de hecho fallan- x veces en la procesión. La veteranía lo que te da es la capacidad de que ese fallo se afronte con mayor serenidad y que en consecuencia sea menos notorio. Es evidente que hay penitentes que no pueden adquirir nunca la aptitud necesaria para desfilar, sencillamente porque si partimos de la premisa de que todos somos diamantes en bruto que hay que pulir, algunos -son excepciones- tan sólo llegan a ser simples pedruscos y no hay quien consiga pulirlos más. Dicho sea sin ánimo de ofender. Yo recuerdo un par de casos en mi agrupación que ni a tiros conseguías que fueran caminando al ritmo del tambor. Naturalmente fueron flor de un día. Estamos hablando de causas perdidas pero que suelen ser la excepción. Y lo son porque por muchas dificultades que un penitente tenga, hay una frase que está muy directamente ligada al segundo concepto, el de actitud: querer es poder. Yo he conocido penitentes que tenían muchos fallos en la calle pero su interés de aprender y de tener la mente siempre abierta a cualquier consejo o enseñanza ha sido tan grande, que ha terminado por hacer de ellos grandes penitentes. Lo malo es que un penitente no tenga ese interés. Lo malo es que no tenga entusiasmo ni cariño alguno por lo que hace porque su tercio, su agrupación, su cofradía e incluso (yo he conocido casos) que la Semana Santa de Cartagena se la trae al pairo. Me refiero a esos penitentes que salen por salir. Bien porque se encuentran muy guapos con el traje y lo pasean antes y después de la procesión o bien porque se encuentran presionados por determinadas circunstancias, quizá por sus padres, que han sido penitentes entusiastas pero que ese entusiasmo no lo han heredado de ellos y que "por no disgustar a papá" salen uno y otro año, aunque lo de sacrificarse por el lucimiento y buen hacer de su tercio no va con ellos, naturalmente.

 Semana Santa de Cartagena, fotografía: Diego BarahonaY claro, entonces aparece la figura del pasota, del que no tiene el más mínimo interés; del que no está dispuesto a sacrificarse lo más mínimo; que le importa un pimiento que su tercio haga un buen desfile porque lo único que le interesa es que ese "trámite" acabe cuanto antes y cuya mente en la procesión sólo está ocupada en cosas tales como "a ver cuándo llegamos a la iglesia que estoy hasta el gorro". Y como consecuencia, cuando desfila le importa un rábano si da las curvas bien o mal, si pierde el paso, si se le ve moverse porque le duelen los hombros, las piernas, los riñones y el alma. "Si me pica, me rasco, si me duelen los hombros, muevo los hombros; si me duele la mano, muevo la mano; si a mi derecha hay una chica que es un bombón, giro la cabeza y la miro". Y así sucesivamente. Muchos dirán que lo que cada uno sienta es cosa que sólo su mente conoce. Pero yo también digo que hay hechos que son el reflejo de esos sentimientos. Y cuando los hechos demuestran que un penitente no tiene el más mínimo interés por sacrificarse por su tercio, ya me puede decir lo contrario, que no me lo trago. Y ahí te los ves uno y otro año, pasando olímpicamente del tema y estropeando con su actitud egoísta y totalmente desprovista de la más mínima consideración, la labor de todos aquéllos que de verdad sienten los colores y sudan la camiseta, hablando en términos deportivos. Yo les rogaría que en beneficio de su tercio adoptaran una postura consecuente y dejaran de salir. Y si tienen que ponerse coloraos una vez para decirle a papá que ésto no es lo suyo, pues que lo hagan y santas pascuas. Pasarán ese mal trago pero a renglón seguido dejarán de hacer algo que no desean hacer y su agrupación se lo agradecerá. Mi padre (q.e.p.d.) decía que es preferible una fila de diez penitentes comprometidos de verdad, que otra con veinte  indolentes y apáticos. Y yo pienso exactamente lo mismo.

Semana Santa de Cartagena, fotografía: Manuel MaturanaPero también quiero referirme a otro tipo de penitente, al cuál sí que le gusta salir. Al que sí le gustan las procesiones y que se implica con su agrupación y con su cofradía (o no, que pueden darse ambos casos); que incluso trabaja mucho en puestos de responsabilidad, pero que arrastra una rémora que si cabe es aún peor que el pasotismo: me refiero al penitente tocado por ese "don" llamado autosuficiencia. A ese penitente que "ya se lo sabe todo". A ése que piensa -e incluso llega a decir en voz alta- que " a mí, con la veteranía que tengo nadie me va a enseñar ya nada sobre ésto ni nadie me va dar consejos". Y en ese caso nos estamos topando con un problema tan malo o peor que el anterior. Porque aquí hablamos ya del ciego que no quiere ver o del sordo que no quiere oir, como se prefiera. Ahí ya hemos pinchado en hueso porque por más que se le quieran corregir defectos, por más que se le diga que está fallando en ésto o aquéllo o simplemente que ha tenido tal o cuál fallo en la procesión y que debe corregirlo, te va a decir que cómo te atreves tú, hermano-vara, a darle el más mínimo consejo o hacerle la más mínima corrección. A él, nada menos. Eso, si no te manda a la mierda directamente, que también es capaz de hacerlo para ponerle la guinda al pastel de su soberbia. Ese suele ser el típico que si no mediara la posibilidad de ser sancionado sin salir, no acudiría a ninguna junta de instrucciiones. ¿Para qué iba a acudir, si él ya lo sabe absolutamente todo, si está tocado con la gracia de la sabiduria absoluta y ya no le queda nada por aprender?. Y claro, una vez que acude se dedica a no escuchar lo que se dice porque como ya he apuntado antes, ya se lo sabe todo. Y es que repitiendo un proverbio cuyo autor desconozco, "los sabios buscan siempre la sabiduría mientras que los necios no la buscan porque creen haberla encontrado".


 
   Juan Pérez-Campos Martínez
 
     
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