Casi me atrevo a asegurar «que no habrá ningún cartagenero de la generación de "antes de la guerra" que no haya salido alguna vez de "capirote" en nuestras Procesiones, tan distintas a las actuales Cuando el orden y el ritmo son la  tónica  principal.

        Cuando se interviene en la Procesión del Miércoles Santo las cosas eran de otro modo. Recuerdo, pues de esto hace bastantes años, que fue a raíz de la supresión en los tercios de la salida de los soldados, que eran por aquel entonces, los que vestían las túnicas. Ello dio origen a que las Cofradías se vieran imperiosamente a tener que recurrir a los jóvenes Cofrades para poder cubrir los puestos de penitentes al frente de cada trono. Debido a la nueva fase procesiónil en el que los cofrades, de directores y espectadores, se veían precisados a convertirse en actores, y es le papel no estaba muy acreditado entre el público, habituado a disfrutar viendo las fachas que presentaban los soldados con sus túnicas corta, dejando ver las botas reglamentarias y sus pantalones de botones, o bien con las barbas y pelucas postizas, lo que les daba un aspecto grotesco, a la vista del cual el publico no podía disimular su regocijo, resultaba difícil encontrar sustitutos, pero a la suspensión de las salida de los tercios que, a cara descubierta y con pelucas venían desfilando desde antiguo, pero como siempre los cofrades han sabido encontrar soluciones, éramos los peques de   las   Cofradías  los que resolvimos el caso. Que no dábamos la talla para vestir las túnicas, pues recogiendo las con el cordón a la cintura, nazareno listo. Llevábamos largas colas que arrastraban por el piso y también largos hachotes de cera.

          Como los capirotes se nos calaban hasta los hombros, teníamos que llevar la cabeza alzada en busca de los huecos que tenía el capuz, para poder ver. La única consigna que recibíamos era la de no salimos de la procesión y marchar siempre detrás del compañero, en fila india. Como la visión era, no ya deficiente, sino casi nula, íbamos sufriendo los pisotones del que venia detrás, lo mismo que a nuestra vez pisábamos la cola del que iba delante. No tenia el hecho gran des consecuencias en cuanto al vestuario pues éste era de percal morado, fácilmente la bable o renovable, lo que si originaba las risas de las gentes era que, a consecuencia de los pisotones, la túnica iba cediendo en su bolsa junto al cordón y cayendo a lo largo, cubriendo los pies y originan do, ya avanzada la carrera, verdaderas "caídas" de bruces al coincidir la pisada de los faldones con la que nos daban en la cola, pero aún también había otro factor importante que ayudaba a los porrazos: la cera, como los acotes iban dejando caer trozos de pabilo y gotas de cera a lo largo de la calzada, se formaba al rato una verdadera pista de patinaje que si bien no traía consecuencias graves en las caídas, hacían muchas veces jocoso el des file.

        No existía disciplina en las filas ya que los Hermanos en cargados de mantenerla carecían de la autoridad de sus antecesores, los Sargentos, que ejercían las funciones de los hoy   llamados  Hermanos   vara.

          Como entonces estaba muy difundida la costumbre de arrojar caramelos a los balcones había que salirse de la fila para poder lanzar montones de ellos a la altura, con las consiguientes posturas forzadas para alcanzar el objetivo.

          Se hablaba, se reía e incluso se disentía entre nosotros v había hasta quien "daba broma" al publico de las sillas rememorando el pasado carnaval .    La túnica y el capuz nos la entregaban en la misma iglesia de Santa María (otros en los teatros y almacenes) y para evitar pérdidas nos vestíamos allí mismo, en el hoy desaparecido coro, con las verjas cerradas. Al terminar el desfile íbamos otra vez al coro, cerraban las verjas con todos dentro y solamente podíamos salir por una puertecilla lateral que había a la derecha, frente a la capilla que hoy ocupa el Cristo de Medinaceli, después de comprobado por el vigilante que habíamos dejado la túnica, el cordón v el capuz sobre los sillares del coro Todo este ambiente, que puede encontrarse en su descripción exagerado, lo reflejo aquí tal y como de él lo re cuerdo, en contraste con nuestros actuales desfiles, característicos precisamente de una disciplina, orden, silencio, ritmo, riqueza de vestuario, etc., a la que se ha llegado como consecuencia del afán de superación imprimido mire los cofrades e inspirado por el cariño tan cartageneros que todos tenemos a nuestras procesiones de Semana Santa.   

  CARLOS DANE.

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