Julio Ortuño Aparicio y Juan Pérez-Campos López fueron una referencia para todos los procesionistas cartageneros. Fundador y Presidente más tarde de la Agrupación de San Juan Evangelista Californio, el primero. Penitente ejemplar y sudarista de reconocida reputación de San Juan Marrajo el segundo, marcaron un hito y dejaron una huella imborrable en nuestra Semana Santa. No os voy a hablar de la obra procesionista de ambos ni de sus cualidades como sudaristas de sus respectivos tercios. Entre otras cosas, porque debido a mi edad (nací en Noviembre de 1953) no tuve ocasión de ver a Julio en el papel de penitente, aunque según todas las referencias que tengo, fue un grandísimo sudarista. Por otro lado, si tuviera que hacer tal cosa, ésto se convertiría por su extensión, en otra versión de "El Quijote". Pero sí quiero contar un par de cosas.
Hace unos días celebramos la Llamada, acto que no necesito decir lo que significa para cualquier cartagenero que sienta sus procesiones. Pues bien, yo recuerdo que antaño, cuando se acababa el recorrido por las calles de nuestra ciudad, la charanga que acompaña tradicionalmente a los procesionistas (tal y como hoy sucede en la puerta de la Iglesia de la Caridad), terminaba en la puerta de Santa María de Gracia interpretando algunas marchas procesioniles. Recuerdo a Julio y a Juan, que cuando dicha charanga tocaba "San Juan" ellos, tal y como hacen los futbolistas de la selección al oir el Himno Nacional, se cogían abrazados y la oían de esa manera. Una vez finalizada, se abrazaban diciendo: "¡Viva San Juan!". Y acto seguido, seguían charlando de forma fraternal con el entusiasmo lógico de quienes han iniciado la cuenta atrás para el momento mágico de sacar las procesiones a la calle.
Recuerdo igualmente que en 1981, año de las Bodas de Oro de San Juan Californio, Julio Ortuño, Fundador de la misma, era entonces Presidente y nombró a Juan Pérez-Campos López, Hermano de Honor de la Agrupación, Título que Juan llevó con HONOR Y ORGULLO, y que se encargó de colocar en un sitio preferente del salón de su casa. Quien tenga ocasión de visitarla, puede comprobar que sigue en el mismo sitio, porque Juan no hubiera concebido otro que no fuera el más importante.
Al comienzo de la década de los 90, Julio se nos fue para siempre, hecho que nos conmovió profundamente a todos los procesionistas. Desde entonces, Juan Pérez-Campos López asistía cada año a la Misa por el alma de Julio. Los dos últimos años en silla de ruedas, debido a su delicado estado de salud. Y de haber sido necesario, os lo puedo asegurar, hubiera ido arrastrándose.
En 1996, y en un día de Diciembre, como sucediera con Julio, Juan también nos dejó para siempre. Simplemente quiero decir con estas pequeñas anécdotas que Julio Ortuño y Juan Pérez-Campos se profesaban el uno al otro UN CARIÑO, UNA ADMIRACIÓN Y UN RESPETO, como no os podéis imaginar quienes no los conocisteis. Hoy, esa amistad que les unió en vida, continúa en otra dimensión. Ellos, que fueron y siguen siendo una LEYENDA en nuestra Semana Santa, jamás polemizaron sobre si "tú eres mejor que yo, o yo mejor que tú". Su grandeza como hombres y como procesionistas estuvo siempre por encima de ello. Simplemente vivieron entregados con pasión a una tradición cartagenera que amaban con todas sus fuerzas. Y ambos contribuyeron durante toda su vida a hacerla más grande. Creo que podemos hacerle un merecido homenaje dando a conocer a las jóvenes generaciones lo grandes procesionistas que fueron. Lo que hicieron desde el ámbito de sus respectivas Agrupaciones para que la Semana Santa cartagenera fuera más brillante de lo que ya era. Lo que hicieron para mejorar aún más la obra de otros grandes procesionistas que les precedieron a ellos. Su postura inconformista de las cosas, hicieron de ellos hombres inquietos siempre dispuestos a buscar lo mejor para las procesiones de su tierra. Y lo consiguieron.
Julio y Juan. Dos grandes amigos. Dos grandes hombres. Dos grandes procesionistas, que junto a su San Juan siguen contemplándonos a todos con los ojos de viejos maestros que fueron en vida, pero también con la sana envidia de dos procesionistas que ven a otros cumplir con su cometido. Intentemos ser dignos herederos suyos.
Juan Pérez-Campos Martínez.