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        En otros tiempos se habría añadido la luz como elemento definitorio de nuestras procesiones a la flor y al orden, pero esos eran otros tiempos, desgraciadamente cada año podemos observar un poquito más la disociación que sufren  la mayoría de las procesiones con su entorno y gran parte de culpa la tiene la pésima, que no escasa,  iluminación de las calles por las que transcurren.

        Las procesiones de Cartagena en su mayoría no son intimistas ni recogidas, son despliegues de color y sensaciones que precisan de un apoyo lumínico externo, pero simplemente eso, un apoyo, la mayor fuente de luz debe provenir de la propia procesión, las imágenes deben ser iluminadas básicamente por sus cartelas y los últimos capirotes de un  tercio deben intuirse y simplemente verse el puntito de  luz de sus hachotes en la lejanía, hoy en día en según que calles todo es plano y uniforme, lo mismo da que se lleven hachotes de vela, eléctricos o de butano ya que no pueden cumplir en ningún momento su función de iluminar, la alineación de las bombillas en los hachotes era un síntoma claro de cómo iba el tercio ahora se miran los capuces, las capas o lo que sea ya que se ve todo de principio a fin, el público y la procesión se confunden al estar uniformados por la luz que proviene de la calle creando un ambiente poco propicio para lo que debe ser una procesión. Es cierto que esto no ocurre en todas las calles, la procesión deja esas calles sobreiluminadas para entrar en otras con menor potencia lumínica pero… nos encontramos con farolas que dan luz anaranjada convirtiendo vestuarios e imágenes en una parodia de sí mismos, por un momento la iluminación toma los pinceles y da una capa de policromía nueva en las obras de grandes maestros aportando unas saludables notas sonrosadas a caras en teoría demacradas por el dolor  y el sufrimiento, aunque claro siempre nos quedará la procesión de La Madrugada y la del Jueves Santo, ¿Jueves Santo? Pues no, parece que tampoco, debido al incivísmo de ciertos establecimientos la procesión del Jueves Santo transcurre entre luces y sombras, entre neones de colores y oscuridad, entre la desvergüenza de algunos comerciantes y la desazón de muchos procesionistas y público en general.

      Estrenamos hace poco tiempo Declaración de Interés Turístico Internacional y no se nos debe llenar la boca con eso mientras la esencia misma de la procesión se va perdiendo, el Ayuntamiento que tanto ha luchado por la concesión de dicho título debe ahora estar a la altura, los excesos  por lo general no suelen ser buenos y el caso que nos ocupa no es una excepción, en calles como Puertas de Murcia y Carmen tenemos el ejemplo de lo que sería una iluminación ideal para las procesiones cualquier día a partir de las once de la noche, cuando se dejan los dos globos de las farolas iluminados y se apaga la luz principal, lo pudimos comprobar el Viernes Santo de 2006 cuando la Cofradía Marraja solicitó al Ayuntamiento que se rebajase la luz en la medida de lo posible.

       Las calles por las que la procesión transcurre deben armonizarse lo máximo posible con la misma y no es lógico que la iluminación que sirve para fiestas de carácter totalmente alegre y festivo como el carnaval o los cartagineses y romanos sea la misma que para los cortejos pasionarios, todo esto sin olvidar el daño que hacen a vestuarios y tronos los rótulos iluminados e intermitentes de algunos comercios, ¿sería tan complicado que durante una semana, solo una semana al año, los comercios no encendiesen de noche sus rótulos de colores? No hablo de los escaparates, simplemente de esos rótulos que tiñen de multicolor las capas de los capirotes que pasan por delante de ellos.

      Quizá no sea fácil, quizá haga falta algún esfuerzo extra, pero estoy convencido que dicho esfuerzo se vería recompensado ampliamente en el lucimiento de los cortejos pasionarios.

 Manuel Maturana Cremades

 
Fotografía: Andrés Hernández
Tercio de San Juan californio
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