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      Se buscaba una mirada virgen sobre la Semana Santa de Cartagena, libre de los inconscientes condicionantes de la familiaridad, de la costumbre, del conocimiento, del vínculo emocional.

      Y en esto llegó Raúl.

      Primer objetivo del fotógrafo de reportaje: pasar desapercibido para captar la espontaneidad, la verdad. Para ello se hace necesario reconocer el terreno, los personajes, quién es quién y algunos de los hábitos de los aborígenes. Es decir: experimentar un acelerado proceso de inmersión cultural, pero siempre manteniendo la suficiente distancia para con el fenómeno que permita la independencia y frescura de la mirada.

      El fotógrafo recibe la necesaria asistencia, se le guía en sus primeros pasos, se le da a conocer el área de operaciones y los lugares clave: iglesia de Santa María, cofradías, californios y marrajos, calle Aire, calle Jara, calle Mayor y Gran Bar,… Definitivamente el reportero se decanta por la hostelería selecta y pronto establece su base de operaciones en La Uva Jumillana. En esta singular capilla callejera insiste en participar de las rituales libaciones de los parroquianos y comprueba que, en el fondo, la humanidad no es tan diferente en una parte y otra del mundo: vasos de vino viejo, reparos y asiáticos ayudan a entrar en situación y recomponer el cuerpo en mitad de jornadas  fotográficas de casi veinticuatro horas. La situación del local es estratégica, situado a un paso de los grandes núcleos pero con la suficiente distancia, permite retirarse unos breves momentos sin por ello perder el contacto con el acontecimiento ciudadano por excelencia. En adelante  será lugar seguro de reencuentro entre la muchedumbre.

      Gana ya el fotógrafo autonomía y soltura. Es fácil encontrarlo por cualquier calle si se mira hacia el suelo, donde insiste en los contrapicados que darán una monumental visión de los capirotes. Se mete, sin ser notado, por entre bambalinas, en los entresijos de capillas y cofradías, por entre las columnatas capiroteras, al pie de los varas, hombro con hombro con los portapasos, por entre las blondas en galante conversación con manolas, en los efímeros camerinos de campaña del Lavatorio de Pilatos, bajo el parche de los tambores… Es ubicuo sin interferir; todo sigue su curso igual y el fotógrafo va captando la esencia humana de la fiesta y profundizando en el conocimiento de personajes indispensables en el acontecimiento, aquellos que denomina “el ajonjolí de todos los moles”.

      Hay pocos santos en la Pasión que nos muestra Raúl Ortega. Interesa el factor humano. Son las gentes que componen los cortejos, los rostros que se emocionan, los que se asombran, los que rezan, los que se emocionan, los que ríen, los que sufren, los que guardan silencio, los que baten el tambor, los que soplan la trompeta, los que levantan el trono y los que levantan el vaso, los que organizan el tremendo despliegue y los que contemplan el espectáculo, el cansancio, el gesto de satisfacción del ritual cumplido, la sensación de pertenencia al grupo, la ilusión del niño, y la mirada ausente tras los agujeros del capuz de las notas básicas del ritmo procesional, de los capirotes. Porque, junto a esta clara vocación humanista, dos aspectos estéticos llaman la atención sobre los demás al reportero que nunca antes ha visto una de estas procesiones: la monumentalidad y el ritmo, dos de los elementos que mejor definen el hecho diferenciador de la procesión cartagenera.

      No cabe duda: como en todo concierto, en la procesión cartagenera es el ritmo el que rige, va dando paso y conjugando en orden armonioso todos los elementos. Raúl fotografía el ritmo, el tiempo medido, pautado, a duras penas contenido en el encuadre fotográfico, en la ilusión de una descarga que está apunto de desatarse como una barroca armonía de fuga.

      Nunca antes se había sabido plasmar de manera tan limpia en una imagen fija el ritmo cadencioso, imparable, la ilusión del movimiento continuo que destilan las procesiones cartageneras. Sin conocer la tradición, el fotógrafo parece interpretar en imágenes las palabras de D. Antonio Ramos Carratalá: batid un tambor a las puertas de Santa María y las procesiones saldrán solas.

      Apoyado en el quicio de Santa María, redobla el tambor y se pone en marcha la implacable maquinaria, como musical descarga, como un carillón de capirotes que marchan al unísono, que pautan la noche, surcando la oscuridad, bañados por luz de luna, sin mirar atrás, sin poder  ya detenerse, en una metáfora de la vida sólo posible en Cartagena, escenificada por los impasibles, rítmicos, penitentes, mártires del compás.

      Es el ritmo que nos lleva, remarcado por el contrapunto del cabeceo de los hachotes, por el mecerse al muelle de los morriones granaderos, por los plumeros judíos que despejan la madrugada, por el taconeo de caballería de las mantillas.

      Raúl Ortega nos ofrece la esencia de los cartageneros puestos de Semana Santa. Si, como decía Unamuno, somos pobres niños levantinos a los que nos ahoga la estética, parece que nos redimimos por el sacrificio al compás. El compás que ha regido la mirada de Raúl Ortega sobre las procesiones cartageneras.

José Francisco López Martínez

 
Santo Cáliz, Raúl Ortega (2005), Tertulia La Vara - Semana Santa de Cartagena

Salida tercio del Santo Cáliz, Lunes Santo de 2005
Fotografía: Raúl Ortega
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 Semana Santa Cartagena

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